También llamada de las Ánimas, la Capilla de San Onofre comienza a construirse en el siglo XVI. Formaba parte de un enorme complejo monástico que ocupaba el espacio de la actual Plaza Nueva. Se trataba del Convento de San Francisco, fundado en el siglo XIII. Su conjunto de convento, hospital e iglesia lo convertían en el convento más grande de Sevilla, traspasando los límites de la actual plaza. El convento fue derribado a mediados del siglo XIX como resultado de la desamortización de Mendizábal, resultando un gran  solar baldío al que se denominó Plaza Nueva y quedando el nombre de Plaza de San Francisco como recuerdo de ese antiguo complejo monástico. Del extinto convento sólo se conservan dos elementos: la puerta de entrada, que es el actual arquillo del Ayuntamiento, y la Capilla de San Onofre o de las Ánimas. Es en este segundo lugar donde se desarrolla una de las historias de fantasmas más antiguas de toda Sevilla…

Convento de San Francisco a mitad de su derribo, hacia 1845
Convento de San Francisco a mitad de su derribo, hacia 1845

Cuenta la tradición que un caballero llamado Juan de Torres, tras haber llevado una vida de disipación y pecado, quiso enmendarse, y entró de lego dicho convento. Entregado por completo a la penitencia, tras hacer los oficios más humildes del convento, dedicaba sus escasos ratos libres a irse a la iglesia a rezar, e incluso a media noche, a veces abandonaba su celda y se iba al templo, donde se entregaba a la meditación en el silencio de la madrugada.

Una de estas noches, precisamente la del 1 de noviembre de 1600, conmemoración de los Fieles Difuntos, se encontraba el lego en la capilla de San Onofre cuando oyó que alguien entraba. Al girarse, vio con sorpresa que un fraile de su misma orden se acercaba al altar, pasaba a la sacristía y volvía a salir al poco rato, revestido de alba y casulla como para oficiar la misa. El fraile depositó el cáliz, se situó ante el altar, miró hacia los bancos, dio un gran suspiro y, recogiendo el cáliz, sin haber dicho la misa, se volvió a la sacristía, de la que salió al poco tiempo, ya sin revestir. Cruzando la iglesia, simplemente desapareció. El lego quedó sorprendido y absolutamente atónito al observar tan extraño comportamiento por parte del fraile, que se revestía y después no decía la misa. A la noche siguiente, y una tercera más, se volvió a repetir el mismo ritual: llegó el fraile, se revistió, se acercó al altar y después se retiró sin oficiar.

Altar de la capilla de San Onofre o de las Ánimas
Altar de la capilla de San Onofre o de las Ánimas

El lego, comprendiendo que algún misterio se ocultaba tras este suceso, lo comunicó al prior del convento, quien le dijo: «Si vuelve a ocurrir lo mismo, acérquese al fraile y ofrézcase a ayudarle en la misa». En efecto, una noche más, el fraile apareció junto al altar con el cáliz en la mano y revestido con los ornamentos. Entonces el lego, saliendo de la oscuridad del rincón donde solía estar haciendo sus oraciones, se acercó al fraile y le dijo: «¿Quiere su paternidad que le ayude a la misa?». El fraile no contestó, pero inició entre dientes con voz casi ininteligible
las primeras palabras del Santo Sacrificio. No obstante, en la primera secuencia, en lugar de decir leatificat juventutem mea su voz se hizo más clara para articular estas terribles palabras: leatificat mortem mea.

medallonEl lego comprendió entonces que estaba ante un espíritu, pero como había sido caballero y hombre de armas, se repuso ante el miedo y siguió respondiendo al oficiante. Por fin terminó de decir la misa y, cubriendo el cáliz, lo puso en la mesita de la sacristía donde se despojó de la casulla y ornamentos. Volviéndose al lego, le dijo: «Gracias, hermano, por el gran favor que habéis hecho a mi alma. Yo soy un fraile de este mismo convento que por negligencia dejó de oficiar una misa de difuntos que me habían encargado, y habiéndome muerto sin cumplir aquella obligación, Dios me había condenado a permanecer en el purgatorio hasta que satisficiera mi deuda. Pero nadie hasta ahora me ha querido ayudar a decir la misa, aunque he estado viniendo a intentar decirla, durante todos los días de noviembre, cada año, por espacio de más de un siglo». Y tras estas palabras el fraile desapareció para siempre…

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Lola Cordoncillo

Autor de esta entrada: Lola Cordoncillo . Historiadora, guía e intérprete de patrimonio.